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ENTRE LINEAS

Empezar

Regalos

Regalos

Fue una mirada la que me abrió la puerta de tu esencia y me colé en ella justo  el tiempo que tardaste en  emitir un suspiro. Entonces te propuse un juego –me pareció que eso podía gustarte- y te pedí tres palabras que no debías pensar. Me diste tres y yo, que soy un truhán, me llevé el tesoro que había venido a buscar. Tu sonrisa. La misma que ahora, cuando me lees, me regalas.

 

Cerrando puertas

Cerrando puertas

Siempre es preciso saber cuándo se acaba una etapa de la vida. Si insistes en permanecer en ella más allá del tiempo necesario, pierdes la alegría y el sentido del resto. Cerrando círculos, o cerrando puertas, o cerrando capítulos, como quieras llamarlo. Lo importante es poder cerrarlos, y dejar ir momentos de la vida que se van clausurando.

 

¿Terminó tu trabajo?, ¿Se acabó tu relación?, ¿Ya no vives más en esa casa?, ¿Debes irte de viaje?, ¿La relación se acabó? Puedes pasarte mucho tiempo de tu presente "revolcándote" en los por qués, en devolver el cassette y tratar de entender por qué sucedió tal o cual hecho. El desgaste va a ser infinito, porque en la vida, tú, yo, tu amigo, tus hijos, tus hermanos, todos y todas estamos encaminados hacia ir cerrando capítulos, ir dando vuelta a la hoja, a terminar con etapas, o con momentos de la vida y seguir adelante.

 

No podemos estar en el presente añorando el pasado. Ni siquiera preguntándonos porqué. Lo que sucedió, sucedió, y hay que soltarlo, hay que desprenderse. No podemos ser niños eternos, ni adolescentes tardíos, ni empleados de empresas inexistentes, ni tener vínculos con quien no quiere estar vinculado a nosotros. ¡Los hechos pasan y hay que dejarlos ir! Por eso, a veces es tan importante destruir recuerdos, regalar presentes, cambiar de casa, romper papeles, tirar documentos, y vender o regalar libros.

 

Los cambios externos pueden simbolizar procesos interiores de superación. Dejar ir, soltar, desprenderse. En la vida nadie juega con las cartas marcadas, y hay que aprender a perder y a ganar. Hay que dejar ir, hay que dar vuelta a la hoja, hay que vivir sólo lo que tenemos en el presente.

 

El pasado ya pasó. No esperes que te lo devuelvan, no esperes que te reconozcan, no esperes que alguna vez se den cuenta de quién eres tú. Suelta el resentimiento. El prender "tu televisor personal" para darle y darle al asunto, lo único que consigue es dañarte mentalmente, envenenarte, y amargarte.

 

La vida está para adelante, nunca para atrás. Si andas por la vida dejando "puertas abiertas", por si acaso, nunca podrás desprenderte ni vivir lo de hoy con satisfacción. ¿Noviazgos o amistades que no clausuran?, ¿Posibilidades de regresar? (¿a qué?), ¿Necesidad de aclaraciones?, ¿Palabras que no se dijeron?, ¿Silencios que lo invadieron? Si puedes enfrentarlos ya y ahora, hazlo, si no, déjalos ir, cierra capítulos. Dite a ti mismo que no, que no vuelven. Pero no por orgullo ni soberbia, sino, porque tú ya no encajas allí en ese lugar, en ese corazón, en esa habitación, en esa casa, en esa oficina, en ese oficio.

 

Tú ya no eres el mismo que fuiste hace dos días, hace tres meses, hace un año. Por lo tanto, no hay nada a qué volver. Cierra la puerta, da vuelta a la hoja, cierra el círculo. Ni tú serás el mismo, ni el entorno al que regresas será igual, porque en la vida nada se queda quieto, nada es estático. Es salud mental, amor por ti mismo, desprender lo que ya no está en tu vida.

 

Recuerda que nada ni nadie es indispensable. Ni una persona, ni un lugar, ni un trabajo. Nada es vital para vivir porque cuando tú viniste a este mundo, llegaste sin ese adhesivo. Por lo tanto, es costumbre vivir pegado a él, y es un trabajo personal aprender a vivir sin él, sin el adhesivo humano o físico que hoy te duele dejar ir.

 

Es un proceso de aprender a desprenderse y, humanamente se puede lograr, porque te repito: nada ni nadie nos es indispensable. Sólo es costumbre, apego, necesidad. Pero cierra, clausura, limpia, tira, oxigena, despréndete, sacúdete, suéltate.

 

Hay muchas palabras para significar salud mental y cualquiera que sea la que escojas, te ayudará definitivamente a seguir para adelante con tranquilidad.

 

¡Esa es la vida!

Paulo Coelho

Círculo negro

Círculo negro

Sintió como las palabras que salían del monitor de cristal líquido humedecían sus ojos, envolviendo el perímetro de su cuerpo en una órbita conformada por las imágenes de las letras de aquellos mensajes. Una cascada de interrogantes, paréntesis, exclamaciones, comas, comillas, dos puntos, puntos y coma acompañaban el tránsito del discurso que circulaba sin control aparente. Eso acrecentaba su nerviosismo porque apenas podía intervenir con monosílabos que pasaban inadvertidos al otro lado de la pantalla del ordenador. Decidió no interrumpir ese monólogo y prestar atención al dibujo formado por los verbos, los adjetivos, los adverbios, los sustantivos. Era un círculo. Un círculo que tenía los contornos finos al iniciarse el soliloquio, pero que fue haciéndose más y más grueso a medida que las palabras se agolpaban en el centro de la circunferencia e intentaban el retorno a la periferia sin conseguirlo. Como tampoco podían avanzar más allá de la entraña del redondel y siendo imposible su huída, a medida que avanzaba el parlamento, las palabras acabaron perdiendo su identidad transformándose en una mancha negra, en una gran mancha negra que llenó el anillo. Fue entonces, al ver el círculo negro, cuando comprendió el significado de toda aquella verborrea lamentándose que le hubiesen hecho malgastar tanto tiempo en poner un punto y final. 

Una lágrima furtiva

Una lágrima furtiva
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Como niños

Como niños

Estos días de regreso de las vacaciones las tertulias que se forman en las empresas en las que nos explicamos dónde hemos estado y mostramos orgullosos las fotos y hasta los (tediosos) vídeos, me recuerdan los corrillos que formaba con los colegas a la hora del patio en el instituto para enseñárnosla y ver quién la tenía más grande. Por una vez he sido el campeón.

Entre círculos

Entre círculos

Inexorablemente existe un final porque antes hubo un principio. Ese hecho que nos parece incuestionable, no lo planteamos a la inversa es decir, que existen principios como resultado de que antes tuvimos finales. La consecuencia principio-final también se da en el binomio final-principio, dándole a nuestras vidas un movimiento circular que no llegamos a romper ni en el momento de morir. Nace una vida porque alguien antes murió. Empieza un día porque antes hubo noche. Comienza un amor porque se acabó otro. Y así sucesivamente. Principio y fin, fin y principio acaban confundiéndose en algo que transita concéntricamente sobre pasos que ya se dieron. Nosotros, tan dados a etiquetarlo todo y para evitar el pánico que nos produce viajar en círculos, le cambiamos el nombre al Final denominándolo Recuerdo. Así que ya sabéis que este “entrelineado” no es recto, es el perímetro de una circunferencia al que, muy pronto, le cambiaré el nombre, transportando como equipaje algo que muchos antes que yo se llevaron.

 

 

 

Luis Manuel Ferri Llopis (su nombre artístico era Nino Bravo), (Ayelo de Malferit, Valencia, 3 de agosto de 1944. Partió un 16 de abril de 1973). Cantante español.

 

 

Como un niño...

 

Así es como hoy me encuentro, como un niño con juguete nuevo. He logrado "colocar" mi primer video en Entre Líneas. Es uno que me parece muy apropiado para la ocasión. El segundo lo encontraréis en el anterior escrito.

 

Prepararos. Dentro de poco, los míos.

 

 

 


 

 

Entre Libros

Entre Libros

Me produce un profundo desasosiego ver libros, los que sean, abandonados en la calle, tirados, rotos por quién de ellos se sirvieron. Siento un hondo malestar cuando observo cómo van a las piras crematorias libros en desuso, retazos de una historia cultural, capítulos que un día consiguieron que alguien, en alguna parte del planeta, fuese algo más sabio. Con esa manía de no desprenderme ni del manual de instrucciones del microondas, es fácil imaginar que no desaprovecho ni un solo libro. Los conservo todos y no permito la salida de casa de un texto como no sea para intercambiar o regalar a alguien que sé tiene el mismo aprecio por ellos que yo. Por conservar, conservo hasta las colecciones de cromos de “Vida y Color” y, por supuesto, mis libros de bachillerato convenientemente garabateados con el nombre de alguna chica que persiguiese en esa etapa de mi vida. Con tantos años de acumular libros, puedo decir que tengo la suerte de disfrutar de una nutrida y variopinta biblioteca.

 

 

 

 

 

 

 

Hoy viene a colación este escrito porque el mundo de los libros se sentirá un poco más protegido. Mi querida amiga María ha decidido hacerse “guardiana” de ellos. Quería felicitarla por eso y felicitarme porque sé que cuidará los libros tratando de conocerlos y, mucho más importante que eso, que los demás los conozcamos.

 

 

 

 

 


 

Los gestos de las palabras

Los gestos de las palabras

En cuanto las palabras que te había destinado dejen de navegar por el océano de mis lágrimas, tal vez rescate alguna que no se haya ahogado en la vorágine de sentimientos que desencadenaste. Y es que quiero decirte que no hay nada mas sublime, no hay nada más prodigioso como verse desnudos en la coherencia de las emociones.

Oposición

Oposición

Hoy quiero jugar con esa palabra. Oposición. Una palabra de las que más acepciones tienen en nuestra lengua. Bueno, no es que me conozca en profundidad todas las demás, pero imagino que “Oposición” es de las que tienen mayor número de definiciones. Sólo hace falta echarle una ojeada al diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (cómo he hecho yo) para darse cuenta. Además otra pista de la fecundidad del término me la da el gran número de sinónimos que tiene. Algunos, como “rebeldía”, son entrañables. Otros, como “minoría” u “obstáculo”, nos mueven al desaliento. Hay otros, “enemistad” o “antagonismo”, que nos producen auténtico rechazo y otros, como ocurre con “disconformidad” o “antítesis”, que son ambiguos ya que algunas veces, nos pueden parecer divertidos y otras son el origen de agrias discusiones.

 

Pero no quiero perder la pista del término. Quiero seguir escribiendo sobre él y sobre sus contradicciones. Si, oposición es un vocablo contradictorio. Un análisis simplista nos llevaría a pensar que significa justo lo contrario a “posición”, pero no es así. Posición, por cierto con menos acepciones en nuestro diccionario que oposición, se define usualmente como “la postura, actitud o modo en que alguien o algo está puesto” y, claro, no definimos “oposición”, para referirnos a “impostura” o a algo o alguien “descolocado”. No. Nos referimos a oposición cuando queremos describir enfrentamientos o antagonismo entre personas o cosas, cuando deseamos patentizar resistencia a lo que alguien dice o hace, cuando nos quejamos de la política del gobierno o al poder establecido. Es decir que, cuando nos “oponemos” tenemos una “posición” totalmente definida y nítida. Contraria, eso si, a lo que o a quién tenemos delante… o al lado.

 

 

Y he dejado deliberadamente para el final de este escrito una de las definiciones de “oposición” más populares, sobre todo cuando empleamos su plural, “oposiciones”. Ese procedimiento selectivo consistente en una o más pruebas en que los aspirantes a un puesto de trabajo muestran su respectiva competencia, juzgada por un tribunal”, más parece la definición de nuestra vida, que la de pretender un lugar de trabajo. No puedo dejar de pensar en lo curioso que resulta que unas personas vertebremos la palabra “oposición” a uno de sus sinónimos, “obstáculo” y, para otras personas, aparezca vinculada a vocablos radicalmente distintos y absolutamente “opuestos”, como “futuro” y “felicidad”. Que tengas toda la suerte del mundo en la “oposición”. Sólo en esa.

Empezando a andar

Empezando a andar

Parece mentira pero hoy se cumple un año que inauguré este lugar y tengo la impresión que ni siquiera he empezado a caminar. Sigo sintiendo la misma inseguridad al escribir mis cosas que la que me producía empezar a andar y para ello tenía que agarrarme al cochecito protagonista de mis paseos infantiles. La diferencia estriba en que, ahora, me aferro a los comentarios que dejáis en mis escritos, la mayoría de ellos producto de la simpatía que os puede generar un personaje como “Entre Líneas” (que eso es lo que és, un personaje) y por la reciprocidad de lo que os escribo en vuestras páginas, que por la controversia que pretendía y pretendo crear. Ese objetivo cumplido a medias, unido a que he encontrado lugares en que el manejo del lenguaje es extraordinario, me generan inseguridad. Inseguridad en si realmente sé comunicarme. Inseguridad en saber si llega mi mensaje. Seguridad en la respuesta a la pregunta que muchas veces me hago ¿a quién le puede interesar la vida de un hombre como yo, una persona como vosotr@s?.  No obstante aquí seguiré por dos razones fundamentales. La primera es porque me es necesario escribir y, además, hacerlo públicamente. La segunda es porque necesito de vuestros comentarios. El día que falte alguna de esas dos premisas dejaré de hacerlo. Lo sé, lo sé. Soy  de naturaleza egocéntrica pero, y no es una justificación, ¿quién de los qué estamos por aquí no tiene ese puntito de vanidad?. Gracias a tod@s por alimentar la mía.

 

 

Una mirada

Una mirada Una mirada es una puerta de entrada al alma. Por eso debes entrar en ella cuando te mire,  porque entonces estará abierta para ti. En su interior da todas las vueltas que quieras, busca sus escondites, juega a ello. Pregúntale  lo que no entiendas y habla de lo que entiendas. Puedes acariciarla, darle un beso, suspirar, incluso, guardar silencio, susurrar o gritar, sin que nada de ello retumbe en el vacío. Sólo te pide que la mires tú también a ella porque, cuando te vayas, pueda cerrar los ojos para empezar a soñarte.

 

 

Entrenador personal

En todo gimnasio burgués que se precie tiene que haber un servicio de entrenadores y entrenadoras personales. En el que estoy apuntado, como se precia, no iba a ser menos. Con la cuota de inscripción te regalan (eso dicen), dos sesiones con un entrenador “ad hoc”. Eso de que pongan a mi disposición un entrenador personal que esté dispuesto a hacerme la pelota e, incluso, ejercitar por mí aquellos ejercicios a los que no llego, me gusta. Es más, casi lo exijo dado el dineral que me cuesta el tratamiento muscular al que me estoy sometiendo.


Fuera bromas, el primer día de gimnasio se agradece el tener la orientación de alguien que sepa como manejar los aparatejos que se me antojaron diseñados por el marqués de Sade del culturismo. “Dios mío, ¡¡ pero cómo me voy a meter ahí ¡!”, pensaba. El equivocarte en el peso o en las posiciones de cualquier artilugio, puede suponer que, en plena acción moldeadora, se te descoyunte el cuádriceps o, lo que es peor, se te salga la hernia (inguinal) y aparezca un bulto más que sospechoso bajo el pantalón. Y ya no se lo que es peor, si el dolor que puede producirte una hernia salida inopinadamente o el ridículo de que te vean con un pantalón corto abultado por un lugar que no es el que debería ser.





A mi me tocó en suerte un entrenador. Un tipo profesional y curtido en estas lides de los gimnasios pijos. Enseguida congeniamos. Él sabía cómo “bientratarme” y yo le marqué los límites de mi maquinaria corporal. “Mi motor biológico es diesel”, le comenté. “Entendido”, me contestó. “Empecemos por el calentamiento”. Como andaba algo despistadillo en los términos olímpicos pensé que se estaba refiriendo a otro tipo de calentamiento. No he dicho que la escena transcurría a la uno del mediodía de un día laborable. Laborable para la inmensa mayoría de los hombres y mujeres que se ganan el pan con el sudor de su frente. Bueno, pues a estas horas, los gimnasios están llenos de señores y, sobre todo de señoras, que se ganan el pan con el sudor de aquéllos y aquellas y con el que les provoca el ejercicio que realizan. Podéis imaginaros los cuerpazos que se consiguen cuando no tienes mayor preocupación que dedicarte en alma a tu cuerpo. La visión de tanta “perfección” había calentado suficientemente mis bujías, a la vez que desalentó mi ánimo cuándo comparé mi cuerpo resultón con los “chasis” de diseño. Y en esos momentos de pesadumbre y dudas es cuando de verdad aprecias el tener a tu lado un entrenador “a medida”. Un profesional de la cabeza a los pies, pasando por los músculos que te ayude a superar esas crisis. Y el mío era todo un experto en el medio.


Pues bien, como en la cuestión del calentamiento me vió algo desorientado, me señaló hacia un aparato de esos en los que pones los pies y haces ver que caminas pero no te mueves. Para aprender a programar el cachivache, necesitas, como mínimo, una licenciatura en ingeniería de sistemas. Menos mal que a mi lado, solícito, estaba el paciente instructor apuntándome el manejo del mismo. Bueno, no quiero cansar con los resultados de mi ejercicio porque es algo baladí. Para resumir diré que creo que no seré seleccionado para las próximas Olimpiadas, ni para ninguna otra, cosa que ya imaginaba. Tampoco los resultados fueron tan desastrosos. Sin ir más lejos, me contaba el entrenador que algunas personas mayores de sesenta y cinco años, obtienen peores resultados que yo…el primer día. ¡Fantástico! ¡Eso es un maestro de la gimnasia! ¡Eso es infundir moral!


Pero no es en ese detalle dónde mi instructor particular demostró su valía como tal. Fue en la “suerte” de las máquinas donde dió el “do” de pecho. “Vamos a hacer abdominales”, me dijo. No se el porqué se imaginó podía necesitar modelar mis abdominales, tan preciosos y curvilíneos que los tengo. Como soy una persona no dada a polemizar le hice caso y me dispuse a seguir sus instrucciones. Así que me estiré en el suelo con la equivocada idea, como luego comprobé, de que iba a ser él quién me levantase la cabeza o, en su caso, las piernas. No fue así. “Debes hacer tres series de quince levantamientos, con un intervalo de treinta segundos entre serie y serie”. Mientras intentaba levantar la cabeza él iba contando mis elevaciones de testa. “Uno…dos… tres…cuatro…quince. Descanso…”. La verdad es que, al llegar al número diez ya no sabía a quién pertenecía mi cabeza, por Dios ¡que mareo!. “Segunda serie. Empecemos (sic)… Uno… dos… tres… cuatro…” Justo cuando llegaba al número cinco pasó por delante de mí uno de aquellos cuerpos de mujer, duros, tersos, lozanos “¡Pedazo de hembra!”, pensé. Y hete aquí que el entrenador, convertido en un profesional de tomo y lomo, elevando la voz lo justo para que aquél cuerpo de vicio lo oyese, continuó con su particular cuenta: “…ciento cinco… ciento seis… ciento siete… ciento ocho… Perfecto Líneas. Hoy bates el record del gimnasio…” No pude acabar la segunda serie de la risa que me cogió. Él tampoco pudo aguantarse. Así que ambos acabamos haciendo unos abdominales de pura risa.


Además de las dos sesiones que me obsequia el gimnasio he contratado, de momento, a mi entrenador personal, para dos sesiones más. Esta vez pagando. Y es que, tan importante como la gimnasia del cuerpo, lo es aún más la del espíritu.

Tonificando la musculatura

Resulta que me he apuntado a un gimnasio y ayer miércoles fue mi primer día. He decidido introducirme en el fascinante mundo del “fitnnes”, “spining”, “Step”, pesas y similares para adquirir, según dicen los entendidos, algo de consistencia en la musculatura, que es como se denomina ahora, de una manera gramaticalmente generosa, a los y las (que “haylas”) que tienen el pecho caído. Enfatizo el término “los que tienen” ya que el autor de estas líneas tiene sus consistencias en el sitio que debe tenerlas. Lo único que me hace falta es la filigrana, bordar el perímetro, acotar la curvatura. Vamos, algo así como conseguir el “músculo de diseño”.


Para no ahuyentar a las señoras que me estén leyendo imaginando que tengo una estructura corporal poco atractiva y muy artrósica, me apresuraré a decir que antes de abrazar la cultura de la juventud eterna a través del sufrimiento corpóreo, no era un acérrimo defensor del sedentarismo. No. El ser un consumado andarín, debo hacerme un mínimo cinco quilómetros diarios para encontrar el equilibrio en mi cuerpo; aficionado ciclista de fin de semana; esquiador de temporada; practicante, actualmente en paro, de paddle y navegante mediterráneo, me ha permitido conservar una armonía exterior mucho más que aceptable. Vamos que alguna que otra señora no exenta de visión y gusto, me mira. En definitiva, lo diré ya sin ambages para las que se hayan perdido en el marasmo literario, estoy bueno y no me hace falta ir al gimnasio. Pero como tengo esa edad en la que toca ir, pues voy.





El gimnasio está situado en la zona alta de Barcelona, es decir, un lugar para pijos y es, consecuentemente, un gimnasio pijo. A mi siempre me encuadran en ese estrato social, en el de los pijos. Bueno, a mis años la denominación que se emplea es la de burgués. Así que soy considerado un burgués con gustos burgueses y vida aburguesada. Eso si, añado siempre, un burgués atipico. Si burgués he de ser considerado, me adjetivo como ilustrado y con conciencia social. Pero no iba a hablar de mi condición social. Iba a hablar o, mejor dicho, a escribir, sobre mi primer día de gimnasio. Pero como hoy ya no tengo tiempo para escribir más, voy a dejar el tema para otro día y, puedo aseguraros, que el asuntillo va a dar para muchos relatos… y para muchas duchas frías. Como la que me di hoy después del sofocón.

Recogida de firmas

Recogida de firmas Estos días en los que sigo arrastrando el cuerpo por los lugares de permanencia laboral, siguen acudiendo a mi ausente mente ideas que persiguen un único objetivo, prolongar la vagancia. Y hete aquí que pensando, pensando (si es lo que digo, dame cinco minutos para pensar y montaré una revolución) se me ha ocurrido hacer una propuesta, “a la autoridad competente” por supuesto. Me explico. La edad de jubilación establecida para los ciudadanos y ciudadanas, a la sazón 65 años, es totalmente injusta. Vaya por delante que las voces, voceras más bien, que se alzan diciendo que ésta debe retrasarse hasta los 70 años, está cinco años más injustificada que la actual ¿Por qué? Muy sencillo y, si continuáis leyendo, os daré cumplida respuesta.


Se identifica la jubilación con la edad en la que la persona finaliza su vida laboral y pasa a ser subvencionado, en mayor o menor grado, con una pensión del Estado. A esa edad, liberado (se supone) el cotizante de otras obligaciones familiares e hipotecarias, se dice que es el momento de “empezar a disfrutar de la vida”. ¡¡ Manda narices decir eso ¡! ¿O acaso a los 65, en el mejor de los casos, empezaré a perseguir hembras o machos cuál adolescente que se ahoga en hormonas? ¿Es acaso a los 65 años cuándo me haré el Camino de Santiago, entero, andando? ¿O cuándo me lanzaré desde lo alto de un puente? ¿Tal vez empezaremos nuestras prácticas de ‘rafting’ ? ¿O será el momento idóneo para lanzarnos en paracaídas, montar en globo o volar en ala delta? Seamos serios. A esas edades uno y una estamos (estaremos ¿eh?) para otros menesteres como no sea la peregrinación por las consultas médicas de la “inseguridad social”.


Es el descubrimiento de las cosas que te ofrece la vida y su vivencia lo que nos hace disfrutarlas plenamente ¿Me queréis decir qué podemos descubrir a los 65 años? Si, ya se y es verdad, tenéis razón. Hay muchas cosas por hacer pero también es cierto que, quién no ha descubierto las cosas buenas de la vida en 65 años, poco va a poder hacer en adelante si antes no ha llevado un entreno adecuado.


Por tanto la propuesta que hago es la que sigue. Establecer la edad de jubilación o subvención mediante pensión estatal, a partir de los 20 años y prolongarla hasta los 65 años o los 70 dependiendo de cómo se vaya alargando la esperanza de vida. Sería entonces a partir de esa edad cuando los individuos e individuas iniciarían su vida laboral. Lógicamente esa medida socio-laboral vendría acompañada de otros ajustes económicos como por ejemplo, el empezar a pagar las hipotecas de las viviendas coincidiendo con nuestra incorporación al trabajo.


Me estoy imaginando vuestra cara de incredulidad y vuestra sonrisa sarcástica ante la idea pero con ella, de momento, me he cargado varios problemas. El primero de ellos es que, de nuevo, nuestros mayores se considerarán útiles. El segundo es que no estarán solos. El tercero es que jóvenes y no tan jóvenes, seremos más felices y el cuarto y más importante es que, por fin, podré dedicarme a lo que me de la gana. Luego, cuando llegue a los 65 años (uuuufffff ¡ que largo ¡) ya haré otra propuesta para continuar jubilado. De momento empiezo la recogida de firmas ¿Te apuntas?.

El hombre del tiempo se ha equivocado

No hice caso a los meteorólogos que anunciaban lluvias en Cataluña para hoy y salí de casa desprovisto de paraguas, a sabiendas que Barcelona era una ciudad de las afectadas por esas “tormentas dispersas y localmente intensas”. Y es que, aunque el cielo está completamente nublado y veo a la gente que pasa por delante de mi ventana resguardada tras los paraguas, es un día radiante para mí. Brilla el sol con intensidad y el cielo es de un azul intenso. La lluvia, aquella que decimos que “va bien para el campo”, me llegó ayer en forma de palabras. Agua purificadora para esa tierra árida tan necesitada de que se filtrase en sus entrañas ese líquido elemento. Ese que le da la Vida.





Así que hoy decidí salir sin paraguas, porque quiero que me caiga encima toda el agua del cielo. Hoy, los profetas de la Meteorología, se han equivocado.

Lo normal y lo normalizado

Lo normal y lo normalizado ¿ Somos seres normales o, símplemente, normalizados?. Hay una sutil diferencia entre una y otra situación. Ser normal es, bajo mi punto de vista, actuar conforme se piensa y se siente. Escribir de acuerdo a tus sentimientos. Hablar con las palabras que quieres decir y con tus propias expresiones. Moverte a tu manera e ir donde en realidad quieres ir. Ser normal no es, empleando una frase que tenemos muy a mano, ser políticamente correcto. Al menos no siempre se es.


Normalizado es cumplir con las normas que nos dictan, que nos exigen los demás. En este caso siempre somos políticamente correctos pagando el peaje de no ser nosotros. Me diréis que todos tenemos un poco de cada cosa, de seres normales y normalizados. Es verdad. Pero siempre las decisiones importantes, las palabras imprescindibles son normales